Nomen est Homo

(Esta entrada la he tomado de un fragmento de mi libro Yo, Átomo)

Para conocer el origen de nuestros nombres, los científicos en este caso, os debo comentar el trabajo del señor Carolus Lineaus (conocido como Linneo en castellano), un sueco del siglo XVIII al Linneaus que le dio por organizar a todas las especies de seres vivos conocidas en aquel entonces por reino, orden, familia, género y especie de acuerdo a sus características y elementos distintivos, un sistema para bautizar a cada animal y planta con dos nombres, el primero que corresponde a su género y el segundo a la especie.

Como suele suceder con todo lo que tenga que ver con el progreso, Linneo no pudo haber hecho su trabajo sin la ayuda de otros científicos que pusieron las bases antes que él. Ya desde la Edad Media, en las universidades y monasterios europeos, donde el conocimiento y estudio de las asignaturas conocidas comenzaba a perfilarse en ciencias, aquellos que se dedicaban al estudio de los seres vivos, los biólogos, vieron la necesidad de organizar de alguna manera todas la especies conocidas de plantas y animales para facilitar su clasificación. El sistema debería ser, además de práctico y fácil de usar y de memorizar, de índole universal, para que animales y plantas iguales pero con diferentes nombres comunes según su región o país, pudiesen ser identificados por un nombre científico. Precisamente por ser el latín la lengua culta que en aquel entonces aún unía a los pueblos de Europa, fue elegida como la base para la nomenclatura. Antes que Linneo, cabe reseñar a Gaspard Bauhin, un suizo que clasificó alrededor de seis mil plantas utilizando un sistema más o menos basado en características y elementos similares, pero más importante fue su uso de un nombre más corto, generalmente de sólo dos palabras para cada especie. Hasta aquel entonces se utilizaban nombres descriptivos de la planta que resultaban muy largos, v.g. Nepeta floribus Clasificación Lienanainterrupte spicatus pedunculatis (en español, “Nepeta con flores en una espiga interrumpida pedunculada”), pero Gaspard se ganó el agradecimiento de miles de botanistas y zoólogos futuros al simplificar los nombres científicos a dos palabras, en el caso mencionado, a Nepeta cataria. Linneo adoptó esa idea y la popularizó hasta nuestros días.

La técnica utilizada por el sueco no estuvo ni está libre de polémica, empezando porque algunas de las categorías clasificatorias fueron inventadas por él mismo, y no correspondían con exactitud a un grupo “natural”. Por ejemplo, muchos animales y plantas quedaron agrupados en familias o géneros basados en sus elementos físicos, lo que se podía observar de la planta, y no precisamente en su cercanía en el árbol evolutivo a otras especies. Así, en la primera edición de Systema Naturae, el libro que publicó Linneo en 1753, las ballenas y lo manatíes quedaron en el Reino de los peces, aunque ya en su décima edición el error fue corregido y pasaron al Reino Mammalia, el de los mamíferos. Con el tiempo se hicieron más correcciones y a principios del siglo XXI las modificaciones continúan, principalmente debido a que los avances en la ciencia de los genes han permitido conocer más a fondo a muchas especies que han tenido que ser “trasladadas” a otras familias donde la similitud genética indica que les corresponde estar.

La clasificación linneana recibió un fuerte empujón cuando Charles Darwin publicó su teoría evolutiva, pues esta incluía un árbol genealógico para muchas especies que demostraban una “ascendencia común”. La teoría evolutiva demostraba que cuanto más parecidos son dos organismos entre sí, más cercano es su ascendiente común, y por lo tanto más próximamente deben ser agrupados en la clasificación. Los organismos que comparten sólo unos pocos caracteres descienden de antepasados más lejanos y, por lo tanto, deben ser ubicados en grupos diferentes, compartiendo sólo las categorías más altas.

Para muestra basta un botón. Tomemos por ejemplo una lechuza.

CLASIFICACIÓN CIENTÍFICA

Reino                                                   Animalia

Filo                                                        Chordata (vertebrado)

Clase                                                    Aves

Orden                                                  Strigiformes

Familia                                                 Tytonidae

Género                                                 Tyto

Especie                                                 T.Alba

Lo de animal, vertebrado y ave creo que no lo tengo que explicar, y si lo tuviese que hacer no deberíais estar leyendo este libro, pero lo demás sí.

Strigiformes se refiere a las aves rapaces nocturnas, orden que incluye a todas lechuzas y búhos, todas y todos con sus ojazos sobredimensionados, sus orejas puntiagudas y su pinta intelectualoide que le vino bien a un precoz y muy famoso mago inglés que si no me equivoco se llamaba Harry. La familia Tytonidae ya se centra exclusivamente en las lechuzas, separándolas de los estrígidos, que agrupan a los búhos, mochuelos, tecolotes, etc. Tyto hace zoom en un género específico de lechuzas, y ya no en todas, de tamaño mediano pero con una cabeza algo grande y cara en forma de corazón. El nombre tyto es de origen onomatopéyico y se refiere al sonido que hacen los búhos, TUTO, en griego. Según la clasificación actual del Congreso Ornitológico Internacional, se distinguen actualmente 15 especies:

(Fuente: Wikipedia)

Lo mismo podemos decir de las plantas.

Alguien se preguntará – ¿y cómo se escogen los nombres? – bueno, pues hay varios criterios, algo arbitrarios, pero más o menos os puedo contar. Los nombres originales elegidos por Linneo para su libro siguieron las pautas ya usadas anteriormente, ya fueran los nombres en latín usados por sus antecesores estudiosos como los hermanos Bauhin, los nombres originales en el mismo idioma desde tiempos de los romanos, o los nombres comunes usados en Europa, latinizados. Por ejemplo, todos los perros llevan el nombre científico de Cannis, perro en latín, y todos los lobos son Lupus, el original en la misma lengua. A partir de ahí se han seguido diversos criterios para nombrar nuevas especies, como utilizar el nombre de su descubridor o el del lugar donde fue descubierta la nueva especie, o el nuevo fósil descubierto, pues también se nombra científicamente a las especies extintas de las que se encuentran restos, o simplemente utilizando palabras que describen su aspecto. En el caso de los homínidos, cuando muchos siglos después un paleontólogo norteamericano llamado Donald Johansson y su equipo desenterraron el esqueleto de una pariente, le dieron el nombre científico de Australopithecus Afarensis, el primero nombre refiriéndose a Austral, o “del sur” y a pithecus, “mono”, y el apellido por haber sido encontrado en la región de Afar, en Etiopía. El mono del sur de la región de Afar. Eso sí, a pesar de su nombre científico, el fósil de aquella chica que no llegué a conocer pasó a ser conocido como “Lucy”, gracias a una canción de los Beatles que sus descubridores escuchaban mucho en esos días.

Systema NaturaeTres siglos después de la invención de la clasificación seguís utilizándola, aunque ha sufrido muchos cambios y adaptaciones debido a nuevos descubrimientos y al hallazgo de nuevas pistas que han obligado a revisar los nombres asignados.

Para terminar, como siempre hago en los casos que mis conocimientos son muy limitados pero el tema es interesante, si queréis aprender un poco más sobre la nomenclatura binominal de las especies, os recomiendo que leáis directamente el libro del señor Linneo “Systema Naturae” o alguno similar más moderno.

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Acerca de J.G.Barcala

Profesor y traductor de idiomas. Comprometido con la libertad, la democracia y el progreso. Aventurero y viajero empedernido. Escritor de todo lo que se preste.
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4 respuestas a Nomen est Homo

  1. claudia rojas beltran dijo:

    Jesús porfavor sigue escribiendo así, me encanta, me transportas de verdad y sabes tu forma de escribir hace que me pique y quiera saber mas del tema.

  2. Excelente artículo, muy bien explicado. Fue un gusto leerlo-

    • J.G.Barcala dijo:

      Muchas gracias Silvia, no hay nada que agrade más a un incipiente historiador como yo que leer que mi trabajo te haya gustado. Espero sea así con los siguientes artículos.
      Un cordial saludo.

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