Una buena amiga, origen de la civilización.

Rubias, morenas, amargas o dulzonas, alemanas, checas, españolas, mexicanas y hasta japonesas. Me gustan todas, y de preferencia frescas como una mañana de enero en estos lares de la Nueva Castilla. Sin vergüenza ni perjuicio me permito un cántico a su gloria. Sin discriminación, me inclino ante todas aquellas que me han brindado su compañía en los momentos clave de mi corta existencia, amplificando sonrisas sinceras y enjugando las lágrimas del desencanto sin pedir a cambio nada más que fidelidad y constancia. Gustoso cumplo. Poco me produce más placer que ese primer encuentro del día en el que mis labios cierran el dulce contacto con el jugo del paraíso. La imagino ahora frente a mí, sudorosa, despreocupada al verse en mis manos y dispuesta al sacrificio final, y mejor con buen jamón.

Cerveza

No, no se trata de amazonas hechiceras ni de amores prosaicos, que para dedicarles sus versos ya están los poetas que en el aire los componen. El objeto de esta apología es más leal, más económico y no menos excitante que las que se me han acercado demasiado. Esta ofrenda va dirigida a nuestra gran amiga la cerveza, compañera de milenaria tradición, a la que debo desde hace tiempo estas palabras escasas pero merecidas, o mejor dicho, debemos todos los humanos, pues dudo mucho que ni yo escribiendo ni vosotros leyendo estaríamos aquí si no fuera por su impagable colaboración en ese momento álgido de la historia humana que fue la invención de la agricultura hace unos nueve mil años.

Estamos en las riveras del río Tigris, en el actual y convulso Iraq en el año 5035 a.C (fecha aproximada, por supuesto). Una tribu de no más de cien miembros ha construido una de las primeras poblaciones sedentarias del mundo subida en la caravana de la abundancia alimenticia. A mediados de verano, los campos levantine_cropsaledaños presumen de espigas doradas de trigo y cebada danzando uniformes al compás de la brisa, y las familias empiezan ya la recolección de su preciado grano. En una de las viviendas de adobe cocido, los niños alimentan bajo el sol a una docena de cabras que han aceptado su destino como proveedoras de leche y carne a cambio de una vida plácida y libre de otros peligros.

Vuelven padre y madre mediada la tarde y, tras saludar a su prole, ella se pone manos a la obra sobre una laja de piedra en medio del patio y con una almazara manual reduce la semilla a un polvo blancuzco que, mezclado con agua, en pocos minutos se convertirá en tortitas de pan. Pero hete aquí que justo durante la comida, llega un chaparrón inesperado y la familia debe resguardarse en casa, dejando el tinglado al descubierto. ¿Que se ha quedado un poco de cebada en el cuenco? No hay problema, tenemos más que suficiente. Los niños reclaman atenciones y después del banquete quedan pocas ganas de limpiar.

La nueva jornada empieza con el amanecer, la cosecha no puede esperar y mejor hacerlo antes de que el Sol castigue a los ya lampiños humanos. Todos los adultos recolectan utilizando hoces de piedra con mangos de madera mientras que los niños atienden a los animales y de vez en cuando reparten jarras de agua entre los adultos.

Mientras tanto, en el patio de nuestros amigos, el grano olvidado flota en el cuenco inundado por la lluvia pasajera de ayer, y la naturaleza no pierde su tiempo. La energía del Sol en forma de calor comienza un proceso de transformación de los hidratos de carbono de la cebada en azúcares que, al verse mezclados con levaduras silvestres llevadas por el viento se convierten en alcohol. De la mezcla olvidada por sus dueños por un par de días caóticos, nace espontáneamente la primera cerveza, que no tardó en encontrar adeptos entre los sedientos agricultores.

Por supuesto, nuestros ancestros no tardaron en encontrar la manera de producirla artificialmente, cociendo el grano y mezclando la pócima con plantas aromáticas que, sin saberlo ellos, contenían la levadura necesaria para la fermentación y, como suele suceder en las cosas que tienen que ver con la cocina, las encargadas del proceso fueron las mujeres, una razón más para agradecer su compañía. Ahora bien, el simple hecho de habernos heredado el tesoro refrescante del verano sería suficiente para levantar monumentos, escribir elegías y cantar poemas en honor de sus inventores, pero hubo un “daño colateral” que tuvo una consecuencia más profunda y por la que debemos el origen de las civilizaciones a este sagrado brebaje.

Como hemos visto, para producir la cerveza era necesario cocer el grano, que en sí no era nada especial, pero al hacerlo, también se mataban los microbios y patógenos que de otra manera podían hacer enfermar a los que bebían el agua sin hervir. Sin saber por qué, los humanos advirtieron que aquellos que bebían cerveza estaban más sanos, lo que contribuyó a sus popularidad y expansión, pero también a reducir la alta mortalidad típica de aquellos tiempos.

Las aldeas de Mesopotamia crecieron a lomos del éxito cervecero y en pocos siglos construyeron las primeras civilizaciones. Caldeos, asirios y babilonios fueron grandes consumidores del oro líquido en sus orígenes. Egipto fue su gran heredero, abundante de grano y egypt_art_beernecesitado de trabajadores para levantar sus famosos mausoleos. Hay registros en los que se indica que se pagaba a los albañiles de las pirámides con dos cebollas y dos jarras de cerveza al día, y no podemos decir que su trabajo se hiciera de manera chapucera bajo los efectos del alcohol, nada más lejos de la realidad, ya que aún podemos admirar su trabajo. Así pues, difícilmente podría existir el mundo que conocemos si no fuera por ese elixir de regocijo y camaradería que ayudó a las primeras civilizaciones a vivir más y mejor.

Por una vez en la vida, no hemos sido malagradecidos con nuestros antepasados. Cada año libamos más de 130.000.000.000 (ciento treinta mil millones de litros) de todo tipo de cervezas globalmente, la segunda bebida más popular del mundo sólo por detrás del té. Por ello, al igual que hice con las faldas, os pido ahora un brindis (con cerveza por supuesto) para aquellos héroes de Mesopotamia, un chinchín con dedicatoria al grano, a la levadura y a un accidente fortuito que nos ha permitido conquistar el mundo y disfrutar de largas vidas. No olvidéis de rendirle homenaje, no la dejéis que se caliente en el vaso, bebed sin miedo, sin recato, de preferencia acompañados de amigos y familiares en ese gran invento que es el aperitivo. Yo haré mi parte muy pronto, que de tanto teclear ya me dio sed…

Macaracas, Los Santos, Panamá

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Acerca de J.G.Barcala

Profesor y traductor de idiomas. Comprometido con la libertad, la democracia y el progreso. Aventurero y viajero empedernido. Escritor de todo lo que se preste.
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2 respuestas a Una buena amiga, origen de la civilización.

  1. Gloria Castro dijo:

    Me encantó, apreciaré más, si es que eso es posible, cada trago de tan espléndida bebida que ahora me he enterado como sucede con la mayoría de las cosas más exquisitas, que son obras de la naturaleza posteriormente no mal imitadas por el ser humano.

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