Edificios de apartamentos en la antigua Roma. Un desenlace fatídico.

Continuación del episodio de ayer.

Cuando terminamos de ver el apartamento de “clase media”, quisimos volver a la estancia de Arvina, pero este fue interrumpido por dos mujeres que le reclamaban algo en sus respectivas moradas, en la última planta según creí escuchar. Con una mirada de resignación, me invitó a acompañarlo como si quisiera que fuese testigo de las vicisitudes de un portero en Roma, y accedí sin pensármelo, aunque no estaba preparado para lo que iba a ver.

Ya en el rellano se adivinaba que el último nivel era donde vivían los menos favorecidos. Justo al dejar el último escalón, una nube de moscas nos recibió como un ejército bien entrenado protegiendo su territorio, en este caso, un montón de basura acumulada desde hacía poorhouse_stallsno sé cuándo. Había restos de comida, ropa vieja y un cuenco de orina que ya apestaba. Esto último me llamó la atención pues sabía que el líquido era muy preciado por los tintoreros y que estos solían dejar en la planta baja una vasija para recolectarlo, pero por lo visto el esfuerzo de bajarlo por tantas escaleras era demasiado para los inquilinos. Los aromas se mezclaban con los gritos y lloriqueos de quién sabe cuántos niños, de los que en un principio sólo pude ver a uno cuando salió para aferrarse de la túnica de su madre, la mujer más joven de las que seguíamos. Entre estas dos hubo una corta discusión sobre qué apartamento debía visitar primero Arvina, cuestión que él resolvió en un santiamén al adentrarse en la puerta más cercana. Ahí, cuando yo también entré, el corazón se me hundió hasta las sandalias cuando comprobé el estado de la vivienda.

Ahí no había ni siquiera habitaciones diferenciadas para cada uso como en los pisos inferiores, sólo un cuarto que parecía servir de todo a la familia compuesta por una anciana sentada en el suelo apenas sin moverse, tres pequeños que iban desde los pocos meses de uno que gateaba hasta el mayor de unos cinco años, y la madre compungida que buscaba la ayuda del portero. Una mesa con una pata rota a la que sustituían dos ladrillos y un mueble desvencijado con media docena de vasos y una olla de barro eran todo el mobiliario. En las paredes colgaban de clavos tres o cuatro trapos que bien podrían servir de cobertores por su tamaño, pero no creo que fueran de mucha ayuda en invierno. La mujer entonces señaló hacia el techo y pudimos ver el motivo de su queja: goteras, esa plaga de la construcción, que en este caso sufrían en exclusiva los de la última planta. Arvina examinó el daño raspando con su bastón y, a juzgar por el gesto malhumorado, la cosa no pintaba muy bien. A la mujer le dijo que haría el informe al administrador, pero que podía adelantar su respuesta: lo arreglaría cuando se pusiera al corriente del alquiler. No pude dejar de sentirme compungido cuando ella se quedó mirando al techo sin decir nada, resignada y consciente de que tardaría mucho en conseguir el dinero y de que tendría que vivir con las molestas humedades.

Algo parecido sucedió en la vivienda siguiente. Los escasos metros cuadrados eran compartidos por más de una familia, dos ancianos, varios niños y otras dos mujeres, pero ningún hombre en edad de trabajar. La que hacía de líder también apuntó hacia el techo, donde los destrozos del agua eran mucho mayores que en el apartamento vecino. De hecho, el techo en una esquina había desaparecido y el espacio lo ocupaba ahora varios trocitos de madera por los que se colaba la luz del exterior. Arvina se encogió de hombros y repitió la necesidad a la señora de pagar el alquiler antes de poder reparar el techo, pero le prometió que le daría un tablón de mayor tamaño que al menos tapara mejor el agujero. La inquilina apretó los labios y bajó la mirada, señal de que estaba haciendo un esfuerzo por aguantar las lágrimas, pero su intento sólo duró unos segundos y comenzó a sollozar. Mi amigo el portero negó con la cabeza, pero no tanto porque le molestara el llanto de la mujer, sino por su propia frustración, por su limitada capacidad de ayudar. No sé exactamente lo que le pasaba por la cabeza cuando puso una de sus pesadas manos sobre el hombro de su vecina, probablemente intentaba al menos consolarla o repetirle que en algo mejoraría con unas tablas, pero lo que sucedió en ese momento interrumpió cualquier atisbo de esperanza.

Creo que fue desde la calle donde se escuchó el primer grito de alarma, al cual le siguieron varios más pero sin aclarar bien su origen. Fue Arvina quien reaccionó primero entre los que estábamos reunidos en la pocilga de la última planta, y su expresión de susto no fue nada halagüeña. ¡Fuego! – chilló, y al instante saltó entre los niños y salió de la habitación, conmigo detrás, pero, cuando nos acercábamos a la escaleras a pasos largos, se detuvo tan FIREbruscamente que yo fui a estamparme en su espalda. Arvina se giró y dijo – los niños – y me señaló la puerta de la primera cenácula que habíamos visitado. Yo entendí el mensaje y entré corriendo en la estancia para coger a los dos más pequeños en los brazos mientras él hacía lo mismo, pero con los tres menores de la estancia vecina. Las mujeres nos siguieron pegando gritos y llorando, intentando inútilmente quitarnos a sus pequeños como si creyesen que estarían mejor con ellas que con dos fornidos hombres. Cuando llegamos a la segunda planta nos encontramos con una cortina de humo que salía de uno de los apartamentos, pero no vimos a ningún inquilino. Una planta más abajo, Arvina depositó a los niños en el suelo y me indicó que los pusiera a salvo en la calle junto con las mujeres, y que de paso avisara a los vigiles si es que alguien no lo había hecho ya.

Como ya os había mencionado, los incendios eran uno de los peores enemigos de las insulae, y los habitantes de las últimas plantas eran los que siempre se llevaban la peor parte. En una ciudad tan abarrotada como Roma, en más de una ocasión el fuego había causado enormes pérdidas de edificios y vidas humanas, y ya en el Siglo I antes de nuestra era los gobiernos habían buscado soluciones para evitar las desgracias. El primer cuerpo de bomberos del que tenemos registro es el organizado por el político Marco Licinio Craso, uno de los miembros del Primer Triunvirato junto con Pompeyo y Julio César. Pero no creáis que lo hizo desde su faceta de servidor público y con el bien del pueblo en su mente, sino exclusivamente para aprovechar el nicho de negocio que los constantes incendios de la capital abrieron ante él. La fuerza de Craso, de unos 500 esclavos entendidos en cuestiones Grabado medieval representando vigiles romanos.de arquitectura, respondía al llamado de emergencia prontamente, sí, pero una vez ahí, antes de dedicarse a la extinción del fuego, negociaban la compra del inmueble con el dueño en cuestión a precios muy por debajo de su valor. Si este aceptaba el trato, entonces hacían lo posible por salvar el edificio, si no, dejaban que se quemara. Así se las gastaba este miserable individuo que hizo gran parte de su fortuna de esta manera. Algunas décadas después, el emperador Augusto decidió formar un cuerpo municipal de apagafuegos basándose en la formación de Craso. Descendientes de este cuerpo de profesionales eran los vigiles que llegaron a la ínsula justo cuando yo llegaba a la calle. Eran más de 50 los bomberos y venían bien equipados con bombas de agua, escaleras, cubos, ganchos e incluso alguna ballesta para derribar muros. Su aparición me hizo arropar cierta esperanza.

Pero el fuego avanzaba rápidamente alimentado por la madera de la estructura del edificio. A nivel de la calle, los tenderos y empleados de las tabernae se apresuraban a sacar sus enseres, telas y barriles de vino, mientras algún listillo aprovechaba para birlarles algo. Desde las ventanas se escuchaban gritos de auxilio y en un momento pude incluso ver a la primera esclava con la que me había encontrado asomarse por una ventana, para luego verla salir sana y salva por la entrada principal. Las llamas, que parecían haberse originado en el segundo piso, alcanzaban ya la mitad del edificio, pero el humo lo cubría ya todo y se levantaba hasta un centenar de metros sobre la calle. Yo intenté adentrarme nuevamente para ver si podía ayudar pero uno de los vigiles me lo impidió, diciéndome que dejara trabajar a los profesionales. Desgraciadamente, me di cuenta de que su intención no era ya apagar el fuego o salvara los inquilinos, sino evitar que el incendio se propagara a los edificios vecinos, para lo cual comenzaron a derribar los muros del exterior y los laterales. Justo cuando caís uno de estos muros, pude ver por un segundo a Arvina, con la cara chamuscada y tosiendo, cuando salía con uno de los ancianos, pero volvió a desaparecer entre las oscuras volutas infernales.

Poco a poco vi cómo el edificio era derrumbado controladamente por los vigiles, impasibles ante mis gritos de que aún había personas dentro. Yo confiaba en la fuerza y capacidad de mi amigo para desenvolverse en una situación de peligro, pero no tanto en su voluntad de salvar la vida. La sección donde estaban las escaleras fue la última en caer, levantando hacia el cielo una maraña de polvo, cenizas y ascuas mientras se llevaba consigo la vida de mi amigo de la infancia. Después de unos minutos, los vigiles se encaramaron sobre los restos con cubos de agua para apagar los rescoldos. También quitaron algunos de los trozos grandes mientras daban voces en búsqueda de sobrevivientes, pero nadie les respondió. Agotado, confundido y desconsolado, me quedé sentado frente a los restos de la ínsula hasta que el último de los curiosos abandonó la calle.

Al día siguiente volví con una ofrenda a los dioses pidiéndole a Júpiter clemencia por Quintus Atilius Arvina, amigo, legionario veterano, portero generoso que durante años arriesgó su vida por la seguridad de sus conciudadanos, y terminó dándola por la de sus vecinos. Requiescat in Pace.

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Acerca de J.G.Barcala

Profesor y traductor de idiomas. Comprometido con la libertad, la democracia y el progreso. Aventurero y viajero empedernido. Escritor de todo lo que se preste.
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13 respuestas a Edificios de apartamentos en la antigua Roma. Un desenlace fatídico.

  1. Triste desenlace de la historia, realmente.

    Cuando describías las condiciones en las que vivían las vecinas del último piso… no sé por qué de pronto pensé que habías vuelto al presente… como que ALGO me hizo pensar que describías las condiciones de vida de muchas personas en la actualidad… de algo me suena.

    Aunque el final fuera fatídico, una reseña muy interesante de la vida en la antigua Roma. No sé si lo tengas en tus planes, pero sería bueno que nos hicieras ahora un recorrido por los palacios de las colinas romanas… tal vez alguna visita a una bacanal, si estuvieras de ánimos después de tu luto por Arvina.

    Saludos.

    • J.G.Barcala dijo:

      Hola Paco,
      así era la vida en Roma, más trágica de lo que la gente se imagina, más real de lo que nos muestran en la pantalla. Dices muy bien en que todo ello se parece a la situación actual de millones de personas, señal de que en muchas cosas, no hemos mejorado.
      Respecto a futuras crónicas, es posible que me anime, tú sabes muy bien cómo va esto de la inspiración. Te debo una historia de la pizza, por cierto, y esa creo que llegará antes.
      Muchas gracias como siempre y un abrazo.

  2. Alfonso Aguilera dijo:

    Estupenda historia, tanto en el plano didáctico como en el del puro entretenimiento. Enhorabuena.

    • J.G.Barcala dijo:

      Muchas gracias Alfonso. Como le decía a otro comentarista, quería hacer algo diferente, y esto es lo que me salió. Lo importante era divulgar las características de las insulae, y cómo nos resultan familiares 2000 años después.
      Muchas gracias por tu comentario y un cordial saludo.

  3. Hola Jesús,
    triste final pero como bien dices real y muy frecuente en aquellos tiempos. Sería el emperador Augusto en el siglo I d. C. quien creara el primer Cuerpo profesional de Bomberos, y se conoce el nombre de uno de esos primeros bomberos, Cyrenus Aeneas. Apunte aparte, déjame felicitarte por esta trilogía tan magníficamente expuesta y te animo a que de tanto en tanto (o mejor dicho, frecuentemente) nos regales estas “historias noveladas”, las disfrutaremos todos.
    Un abrazo

    • J.G.Barcala dijo:

      Buenas tardes Francisco,
      si, ha sido un triste final, pero creo que retrata fielmente las condiciones en las que vivían, y morían, los inquilinos de las insulae romanas. Algún día espero hacer una reseña sobre los vigile, y la interesante historia de Cyrenus Aeneas…
      Te agradezco tu comentario sobre esta historia. Quería hacer algo diferente y, a pesar de que no me considero muy bueno como narrador, creo que el objetivo de dar a conocer este aspecto de la vida diaria en Roma ha sido alcanzado, y con mucho éxito. A lo mejor me animo otra vez…;)
      Muchas gracias por tu amable comentario, feliz tarde!

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  5. Manuel Mata dijo:

    Dura la vida en las grandes ciudades, buena la única que había en esta (aquella) época. No muy diferente de las metrópolis venideras. Esperaré las nuevas aventuras de tu “alter ego” romano, ya que sin duda las habrá.
    Que Júpiter guíe tus pasos, y ruego los dioses que llenen tu vida de alegrías (la primera vez que un cartaginés le desea algo bueno a un romano)

    Aníbal

    PD: Hasta el sábado que viene, pues embarco en breve para tierras dacias.

    • J.G.Barcala dijo:

      Así es Don Manuel, la vida en el imperio romano no era tan fácil y cómoda como a veces nos quieren hacer creer. La miseria y la muertes estaban siempre presentes, y más si no pertenecías a las clases pudientes, algo que, como bien dices, no ha cambiado mucho.
      A petición popular, pienso recuperar la figura de Appius Lucretius para entradas futuras, no sé todavía en qué aventuras, pero seguro que tendrán que ver con la vida diaria de los romanos.
      Suerte en tu viaje y cuidado con los arrecifes!
      Un abrazo.

  6. Stella dijo:

    Una parte del relato parece que estuvieras hablando de los Cantegriles, de la ciudad de Montevideo, aclaro con un solo piso. Éste pasado invierno se quemaron varias viviendas, porque algunos usan velas para iluminarse y otros están colgados de la luz. Casas de chapa, cartón, miseria pura, son los dueños de los carritos con caballos que recorren la ciudad, que trabajan y comen de la basura.
    Yo sabía de las construcciones precarias, del afán de lucro que los poseía, pero lo que siempre me llamó la atención, como era posible que siendo tan buenos arquitectos e ingenieros,los romanos, con tanta visión, no hicieran nada para mejorar éste drama.
    Te escribí un email, porque el tuyo recién pude encontrarlo. Ahí te explico mi demora. Estoy subiendo en mi Blog, algo de la Primera Guerra Mundial, para tí y aquellos que se atrevan a leerlo. Nada muy especial, a mi manera.
    Muy buenas historias las tuyas sumamente didácticas, y no por ello alejadas de la actualidad.
    Un abrazo y hasta pronto.

    • J.G.Barcala dijo:

      Hola Stella,
      perdona que no haya respondido antes. En estos días de inicio de curso se me complica mucho la jornada y le presto menos atención al blog. Acabo de ver tu correo y te lo contesto en unos minutos.
      Como en muchos otros aspectos, el legado de Roma tiene tantos puntos positivos como negativos. Ahora que me cuentas los de los Cantegriles, me acuerdo de las chabolas en España, de las favelas en Brasil y de las inhumanas condiciones en las que viven millones de personas alrededor del mundo. La mayoría de las veces se debe a la corrupción con la que durante décadas e incluso siglos los gobernantes de esos países se han enriquecido, sin importarles el bienestar de sus conciudadanos.
      Los romanos eran, como bien dices, grandes ingenieros y arquitectos, pero su sistema político distaba mucho de ser muy democráticos, y las elites hacían lo que querían. Las insulae eran sólo un ejemplo de su desmedida codicia, pero hay más, que espero ir relatando en sucesivos artículos.
      Muchas gracias por comentar y por tu aportación al tema.
      Un besín hasta Montevideo.

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