¡Oro, oro, oro! La Llamada.

(Primera Parte)

Ese fue el titular en decenas de periódicos, el primer gran evento mediático de los Estados Unidos, el grito de miles de aventureros que abandonaron todo en busca de riquezas y el tema más recurrido en las tertulias de bares y cafés. Ese fue el canto de sirena iniciado por James W. Marshall cuando encontró por primera vez el preciado metal en Sutter’s Mill, cerca de Coloma, California; esa fue la noticia que dio nombre a una época con referencia a una enfermedad: la Fiebre del Oro, pues se propagó por tierras cercanas y lejanas, contagió y enfermó a tantos de aquí y allá que bien podría haber sido declarada una pandemia. Pero, ¿Había oro en realidad? Pues sí, y mucho, aunque no todos se hicieron ricos, y muchos de los que lo consiguieron, dilapidaron lo ganado en casi tan corto tiempo como en el que habían tardado en ganarlo. Al final, la vida continuó, pero el evento fue la base para la eventual colonización del que en la actualidad es el estado más rico de la Unión, y del despegue a la fama mundial para más de una ciudad.

Oro

A decir verdad, el eslogan que da nombre a esta entrada no salió de la garganta de Mr. Marshall aquella mañana del el 24 de enero de 1848 en la que el brillo de las pepitas en el fondo del río llamaron su atención. Cuando este llevó algunas muestras a su jefe y comprobaron que era oro, ambos decidieron guardar el secreto, por el temor del último a crear un efecto llamada que echara a perder Samuel Brannansus planes agrícolas para la zona. Pero el secreto no sobrevivió por mucho tiempo, y la noticia llegó a oídos de un empresario mormón en el pequeño puerto de San Francisco, 150 kilómetros al oeste de Coloma, y este sí que se encargó de gritarlo a los cuatro vientos. Irónicamente, Sammuel Brennan (imagen) no estaba interesado en ponerse en cuclillas para buscar el metal, sino que montó rápidamente una tienda de aperos para la prospección, y recorrió las calles de San Francisco gritando, ¡Oro, oro, oro en el Río Americano! Pocas semanas después, la tercera parte de los 800 habitantes del puerto lo habían abandonado para dirigirse a las montañas. Y oro, encontraron.

No sería la primera vez en la historia que un importante yacimiento de oro era descubierto. Lo que sí era novedad, era que en 1848 no existía autoridad alguna que reclamara el oro para sí, ni rey, ni sultán, ni faraón, ni ley. De hecho, el día del descubrimiento, California aún Gold, gold, gold from the American Riverpertenecía a México, país que lo cedería a los Estados Unidos dos semanas después como parte del Tratado Guadalupe-Hidalgo a final de una guerra. Cuando en el verano de ese año los buscaminas comenzaron a encontrar enormes cantidades de oro, nadie les reclamó ni un título de propiedad, ni impuestos, ni nada. Uno llegaba ahí, se sentaba al lado del río, y empezaba a rascar con un palo o a cribar con su batea y ¡voila!, así de sencillo. Y eso fue lo que hizo Antonio Franco Coronel, un californio (habitante hispano-parlante del territorio), antiguo oficial del Ejército Mexicano, y uno de los primeros en llegar a Coloma en persecución de un sueño dorado. En sus primeras horas, recogió 45 onzas de oro simplemente buscando debajo de las piedras y escarbando con una cuchara. Tres días después ya tenía casi cuatro kilos. Alrededor suyo, el resto de mineros recién llegados disfrutaron de una suerte similar, o mayor. Uno encontró 25 kilos en tan sólo ocho días; otro, cuatro kilos en una jornada.

Las historias de éxito de aquel verano no tardaron en llegar a los oídos del resto de los Estados Unidos y del mundo. Otro de los comerciantes que, como Brennan, veían la fiebre del oro como una oportunidad para enriquecerse sin ensuciarse las rodillas, fue un inmigrante alemán que abrió una mercería en San Francisco, Levi Strauss. Uno de sus clientes le presentó un tipo de Levi'spantalones de una tela muy resistente y con remaches en las uniones que los hacían ideales para el trabajo duro de la mina. Ambos se hicieron millonarios vendiendo los primeros blue-jeans.  Pero el genio comercial de Brennan no se había conformado con vender palas y picos a los buscadores de oro de California. Aprovechando que también publicaba un pequeño periódico local, el California Star, en marzo de 1848 imprimió 2.000 copias con la crónica del descubrimiento, y las envió a San Luis, Missouri, en el este de la Unión. Cuatro meses tardaron las mulas en llegar a su destino, pero una vez ahí, los diarios locales se hicieron eco y la noticia corrió como la pólvora.

Mineros con sus ganancias.

Mineros con sus ganancias.

La prensa azuzó los sentimientos de una generación que estaba dispuesta a arriesgarlo todo por la oportunidad de hacerse rico en poco tiempo. 2.000 dólares seguros, 20.000 dólares probables, 100.000 posibles, rezaban los titulares. Una nueva vida en un mundo nuevo. Miles de hombres y algunas mujeres de los 30 estados y de países cercanos y lejanos acudieron al llamado del metal dorado. Mexicanos, chinos, europeos, australianos; en barco, a caballo, a pie, ciudadanos de todo el mundo llegaron a California con la esperanza de dar el golpe de sus vidas. Probablemente la primera vez en la historia que se reunían en un mismo punto hombres y mujeres de todos los continentes, con sus decenas de lenguas, costumbres y religiones que heredarían a ese territorio una estructura social multi-cultural que aún perdura.

Buscadores de oro en camino.

Buscadores de oro en camino.

Cientos de miles de potenciales millonarios discutieron las posibilidades con sus familias, se decidieron, compraron equipos, en ocasiones con dinero prestado, e hicieron planes para viajar a California. Muchos encontrarían riquezas, otros muchos, miseria y muerte.

(Continúa en la siguiente entrada).

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Acerca de J.G.Barcala

Profesor y traductor de idiomas. Comprometido con la libertad, la democracia y el progreso. Aventurero y viajero empedernido. Escritor de todo lo que se preste.
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9 respuestas a ¡Oro, oro, oro! La Llamada.

  1. Hola Jesús,
    un artículo a la altura del tema, en este caso… ¡brillante! Leyéndote me he transportado a esos lugares y me he visto recolectando el preciado metal enfundado con mis viejos pantalones tejanos. Ya estoy esperando su continuación…
    Un abrazo

    • J.G.Barcala dijo:

      Hola Francisco,
      muchas gracias por tu amabilidad. A mi también me hubiese gustado estar entre los 49’s, pero entiendo que, para la mayoría, el sufrimiento fue lo único que encontraron. Hay una película que me encanta y que me recuerda en cierta forma a los buscadores de oro, “EL Tesoro de la Sierra Madre”, con Bogart, que aunque la historia no sucede en California sino en México, deja entrever el lado negativo de la fiebre del oro. Si no la has visto te la recomiendo.
      Muchas gracias por tu comentario, un abrazo.

  2. Rosa Ave Fénix dijo:

    Quien no ha visto películas sobre el “Gold Rush”?, tubo que ser espectacular, pero a mi no me hubiese gustado vivir allí, por menos de una mosca ya sacaban las pistolas y no les importaba cuantos morian.
    Sabes de donde viene la “palabra “jeans”?…. nada que ver con “tejanos”, si quieres ya te explicaré el porqué les pusieron ese nombre.
    Beso de una que no tiene oro.

    • J.G.Barcala dijo:

      Hola Rosa,
      hablando de películas, le recordaba a Francisco “EL Tesoro de la Sierra Madre”, que seguro habrás visto. Es una alegoría muy adecuada para el lado negativo de la búsqueda del oro y como la ambición puede volvernos locos.
      No se de dónde viene la palabra “JEans”, ni idea. Si se que el nombre de la tela, denim, viene supuestamente de “De Nimes”, el pueryo francés de donde es originaria. Espero me pases el secreto.
      Muchas gracias por comentar, un besito minero…

  3. jomule dijo:

    Curiosamente, quien realmente consiguió un producto popular, con prestigio y proyección a largo plazo fue el señor Levy Strauss. Como se ve, la fiebre del oro fue una burbuja, pero tuvo consecuencias a largo plazo que nadie podía prever…excelente post.

    • J.G.Barcala dijo:

      Hola Jomule,
      tú como nadie entiendes mejor los efectos de la fiebre del oro en California, que probablemente aún son apreciables. Pero es verdad que no a todos les fue tan bien buscando el mineral como ofreciendo servicios y productos a los mineros. Levi Strauss es sólo un ejemplo, y ahora me acuerdo de un señor Studebaker que inició su empresa de vehículo vendiendo carretillas a los buscaminas en las montañas de California…nunca se sabe.
      Muchas gracias por tu comentario.
      Un cordial saludo.

  4. Pingback: ¡Oro, oro, oro! La Llamada. | ale

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