¡Oro, oro, oro! Gloria o muerte al 49er.

Segunda Parte.

Durante los primeros meses de 1849 las estaciones de trenes y los puertos de embarque involuntariamente se convirtieron en escenario al drama de las despedidas. Agricultores, albañiles, leñadores, políticos de poca monta decían un adiós temporal a sus familias con los ojos vidriosos de pesar pero los corazones henchidos de esperanza. En muchos casos los viajeros habían hipotecado su futuro y el de sus allegados para pagarse un billete por mar o tierra hacia las incógnitas montañas de El Dorado californiano, argonautas de la Edad Moderna viajando desde Virginia o la Louisiana en busca de un vellocino palpable. Los menos pudientes tomaron el camino más duro a través de estepas continentales, de cordilleras traicioneras y de territorios infestados de indios, con sus carretas desvencijadas y, en algunos casos, con la familia a cuestas. Se llamaban 49ers, en honor al año que esperaban les abriera la puerta a una vida mejor. Muchos no volverían.

Anuncio de un barco hacia California.

Anuncio de un barco hacia California.

Cuando a finales del invierno Antonio Franco Coronel volvió a las montañas para reiniciar la campaña, se encontró con que la situación había cambiado radicalmente. Varios miles de colonos llegados desde el territorio de Oregón, ante el creciente número de mineros y, al ver que muchos no eran estadounidenses, iniciaron una campaña de intimidación contra los extranjeros, obligándoles a abandonar la región. Se sucedieron episodios de violencia contra chilenos, mexicanos, aunque fuesen nativos de California, y asiáticos y en ambos bandos se formaron bandas armadas. Para finales del verano, las zonas más ricas en mineral se habían dividido en concesiones (claims), nombre con el que los mineros llamaban a un trozo de tierra reclamado como propio y defendido como tal contra los arribistas, casi 100.000 durante aquel año. Peor aún, los que llegaron más tarde, incluso en abril de 1849, se encontraron con que buena parte de las riberas de los ríos locales ya habían sido rebuscadas. Había oro, sí, pero ya no era cosa de ver y recoger pepitas, ahora el trabajo duro obligaba. Las historias de éxito en las que un hombre podía enriquecerse en cuestión de días, eran cosa del pasado.

Mientras en San Francisco, miles de peregrinos le habían sacado de la somnolencia para convertirla en todo un puerto cosmopolita con todos los servicios arancelarios dignos de la más reputada metrópoli, hoteles, bares, prostitutas, casinos, y los problemas que los excesos arrastran. De menos de mil habitantes, la población del puerto saltó hasta más de 30.000 en menos de un lustro, y las riquezas del oro San Francisco en 1850ayudaron a levantar casa y negocios con las comodidades acostumbradas de Nueva York o Filadelfia. Al igual que sucedía en los poblados improvisados en las montañas doradas, los precios se dispararon y la inflación se cebó con los últimos en llegar que gastaron sus ahorros en adquirir los aprovisionamientos básicos para su prospección. Alquilar una minúscula parcela para levantar una tienda de campaña llegó a costar 150 dólares al mes en otoño de 1849, cuando era prácticamente gratis dos años antes.

Arriba, en las montañas, la situación empeoró ante la llegada de más y más buscadores de oro y el decremento del mineral encontrado. En un territorio aún no integrado como estado, la ley del pueblo mandaba. Los latinos fueron el objeto del odio y la envidia de los anglos, pues muchos de aquellos venían de países con largas JudgeLynchtradiciones mineras y sus resultados superaban los de los nativos. Aparecieron los vigilantes y las Lynch Mob (turbas de linchamiento) y, aunque la pena más común por pequeños robos era cortar las orejas al delincuente, el castigo por robar o matar llevaba casi invariablemente a la horca. Otros fueron castigados por nimiedades o por puro racismo, como fue el caso de tres chilenos ejecutados en 1850, y el de Josefa, una mexicana que había matado a un hombre que pretendía violarla, pero que fue ahorcada sin un juicio con garantías por no ser blanca. Pero la amenaza de muerte no impidió que muchos desilusionados decidieran pasarse al bandidaje y pronto el distrito del oro se convirtió en una tierra sin ley.

En septiembre de 1849, Viendo el cariz que tomaban las cosas y pensando más en el futuro de California más allá de la fiebre del oro, un grupo de hombres se reunió en el pueblo de Monterey, unos 200 kilómetros al sur de San Francisco, para redactar la que sería la Escudo de Californiaprimera constitución del territorio, con miras a que California fuese aceptada como estado de la Unión y las leyes de los Estados Unidos pudiesen ser aplicadas. Dos meses después se llevaron a cabo las primeras elecciones en las que se aprobó el documento. En Washington D.C., los políticos preocupados por la existencia de la esclavitud en el territorio y de que este se pudiera alinear con los estados esclavistas, y no menos por el interés de llevarse una tajada del oro, presionaron para acelerar el procedimiento. El 9 de septiembre de 1850, California fue aceptado como el trigésimo primer Estado de la Unión.

Ante la necesidad, la inventiva humana se aplicó y se desarrollaron nuevos métodos para cernir el fango, primero manualmente, pero muy pronto con la ayuda de motores a vapor. De vez en cuando algún buscador encontraba una buena ganancia como las de los primeros meses, y eso mantenía la esperanza de los menos afortunados, y la llegada de nuevos colonos. Los poblados de tiendas de campaña y chozas de madera crecieron y aumentaron las necesidades de suministros de sus habitantes. En muchos casos, inmigrantes que originalmente habían desembarcado con la esperanza de hacer fortuna, la hicieron, pero no con el metal, sino ofreciendo servicios a los mineros. De hecho, más gente se hizo rica con hoteles, restaurantes y burdeles que con las minas.

Nuevas técnicas en la búsqueda de oro.

Nuevas técnicas en la búsqueda de oro.

A pesar de que cada vez se encontraba menos mineral y de que cada día era más laborioso sacarlo de las profundidades, la Fiebre del Oro californiana llegó a máximos en 1852, cuando los humildes hombres con sus bateas habían sido desplazados por empresas mineras con la capacidad para acometer las importantes inversiones que el trabajo requería. Algunos de aquellos que no habían hecho fortuna quedaron como empleados de los nuevos consorcios, otros terminaron sus días dando tumbos por las ciudades nacidas de la nada, ahogados por las deudas y el alcohol. Pocos, muy pocos hicieron el viaje de regreso a sus esposas y granjas, sumidos en la pobreza y humillados al tener que admitir la derrota. Aún así, un total de 12 millones de onzas fueron recuperados en los primeros cinco años de la fiebre, con un valor aproximado, a precios actuales de 16,000.000.000 de dólares (dieciséis mil millones). En la segunda etapa, a mediados de la década de 1880 y con técnicas de extracción más desarrolladas, otras 11 millones de onzas enriquecieron las arcas de los mineros. La última era dorada, casi a finales de siglo y ya en los valles californianos en los que las corrientes fluviales habían depositado el mineral, tuvo como resultado 20 millones de onzas más.

Para bien o para mal, los 49ers, California y los Estados Unidos fueron transformados por la Fiebre del Oro. El nuevo estado no tardó en constituirse en el más rico de la Unión, posición que aún mantiene y, aunque sigue siendo el principal destino de la inmigración extranjera y nacional, las empresas tecnológicas han tomado el lugar de las minas como promotoras de fortunas inmediatas. Pero el legado de aquellos años persiste, y no sólo en el crisol multi-cultural de sus ciudades, sino en la simbología y en el espíritu de sus instituciones. En el campus de mi alma mater, la Universidad Estatal de California en Long Beach, cuya mascota es el 49er, el bar más concurrido se llama The Nugget, la pepita de oro. Recuerdo que ahí mismo, una noche regada de cerveza barata, uno de mis profesores de historia nos habló sobre uno de sus antepasados llegado de Alemania atraído por la Fiebre del Oro. No había hecho mucha fortuna, como la mayoría, pero se labró un futuro como constructor en las calles de San Francisco. Ese tatarabuelo suyo, nos contó el profesor Sacks, había resumido sus experiencias en un eslogan que bien refleja la contribución del oro a la historia de California: un estado brillante por el oro, pero empapado en sangre.

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Acerca de J.G.Barcala

Profesor y traductor de idiomas. Comprometido con la libertad, la democracia y el progreso. Aventurero y viajero empedernido. Escritor de todo lo que se preste.
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9 respuestas a ¡Oro, oro, oro! Gloria o muerte al 49er.

  1. Rosa Ave Fénix dijo:

    Aunque la mayoría sabemos por las pelis todo sobre Gold Rush… es agradable leerlo. Por cierto, vi The Nugget en Las Vegas…vaya pepita… ya me podría salir una así en algún melón!!!! Beso de una que sin pepita de oro, se siente afortunada…

    • J.G.Barcala dijo:

      Hola Rosa,
      es verdad, se me olvidó mencionar el famoso The Nugget en Las Vegas, menudo lugar, y otro ejemplo del legado de la fiebre del oro en la zona. Yo también me quedaría satsfecho con una pepita, una sola, del tamaño de mi puño, y así podría dedicar todo mi tiempo a estudiar y viajar…y a invitarte uno que otro café…
      Un besín dorado y un feliz domingo!

  2. Hola Jesús,
    dejando otras consideraciones a un lado, esa diáspora de emigrantes debió realmente ser impactante en aquellos tiempos y si me permites el comentario (médico en este caso) seguro que sufrirían también un síndrome que en la actualidad empezamos a reconocer en la inmigración global que estamos viviendo, el síndrome de Ulises. También se le conoce con el descriptivo nombre del “síndrome del Inmigrante con estrés crónico y múltiple” y más que una enfermedad se trata de un cuadro reactivo frente al estrés que sufren las personas que emigran, ante situaciones límites al estar alejadas de su familia y amigos. Ese sentimiento de desesperanza por la ausencia de oportunidades (aunque en este ocasión tenían mucha fe en encontrar su ansiado oro), la lucha por la supervivencia y el miedo a la indefensión que sufren les provocan depresión y ansiedad… y en aquellos tiempos no existían los antidepresivos ni los ansiolíticos que les pudiera aliviar, además de estar expuestos siempre a que una bala perdida en cualquier taberna de cualquier ciudad se cruzara en su camino, terminando así la Odisea de Ulises.
    Abrazos. Geniales estos dos articulos (bueno, como todos los que escribes)

    • J.G.Barcala dijo:

      Hola Francisco,
      ignoraba totalmente la existencia del síndrome de Ulises, y mira que yo soy hijo de emigrantes y yo mismo lo he sido en un par de ocasiones. Claro que en mi época las cosas no fueron tan difíciles y gracias a la tecnología pude mantener el contacto con la familia y los amigos, y espero que así sea para los inmigrantes del presente y del futuro. Es verdad que alguna vez me sentí un poco solo, pero la vida es así, y siempre intenté mirar el lado positivo de las cosas…al menos no me peleaba con mis hermanos en la cena de Navidad…:P
      Muchas gracias por tan interesante aportación, voy a investigar un poco, pues has pinchado mi curiosidad.
      Un abrazo.

  3. Stella dijo:

    La ambición, acicateada por conseguir en un día, la riqueza para toda la vida, creo que los llevó a casi todos a la desesperación.
    Espléndido relato.
    Un abrazo y hasta pronto.

    • J.G.Barcala dijo:

      Hola Stella,
      ya sabes cómo es el ser humano, incomprensiblemente ambicioso en ocasiones, tanto que arriesga la vida por alcanzar riquezas rápidamente. Algunos lo consiguieron, otros perdieron todo…
      Muchas gracias por tu comentario.
      Un beso hasta Montevideo…

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