Rosalind E. Franklin.

Nacer bajo el techo de un hogar judío en el afluente barrio de Nothing Hill de Londres en el periodo entreguerras, no era precisamente el mejor inicio de guión para una vida dedicada a la ciencia. Menos aún cuando el bebé en cuestión era una niña. Sin embargo, parecía que aquel día de Santiago de 1920 la pequeña Rosalind estaba dispuesta a desafiar al “establishment” sin que su género fuese un impedimento. Y lo consiguió, al menos en parte, pues logró uno de los descubrimientos más importantes del siglo XX y de la historia del estudio de la vida, pero al menos en vida, apenas y recibió reconocimiento alguno por su trabajo.

El área de estudio elegida por la joven al llegar a Cambridge fue la química, en donde pronto se distinguió y a los 21 años recibió su título de licenciada. Continuó sus estudios y calificó para recibir su grado de Masters pero, como la Universidad de Cambridge no otorgaba dichos títulos a mujeres, tuvo que esperar hasta 1947 para que hubiese un cambio de política y recibiera sus honores retroactivamente. Dos años antes, irónicamente la misma Rosalind_Franklininstitución le había conferido el título de Doctora en Química, con una tesis dedicada al estudio de la química física del carbón. Al poco tiempo, Rosalind obtuvo una posición en el Laboratorio Central de servicios Químicos del Estado, en París, donde, de la mano del doctor Jaques Mering, Rosalind aprendió los aspectos prácticos y la técnica de la aplicación de la cristalografía de Rayos X a substancias amorfas. Ese fue el conocimiento clave para una de sus mayores aportaciones, ya en el King’S College de Londres: una fotografía de Rayos X de una molécula de ADN, en la que se advertía la forma de hélice de la substancia que establece las instrucciones para “construir” un cuerpo. Con la famosa “fotografía 51”, Rosalind Franklin y su asistente Raymond Gosling, habían revelado uno de los mayores misterios, uno que por sí solo le hubiese traído la fama y la gloria, y conjuntamente escribieron los borradores de tres trabajos para explicar sus descubrimientos, pero el destino les aguardaba una desagradable sorpresa.

Otros dos investigadores del King’s College, James Watson y Francis Crick habían estado trabajando en un modelo de ADN, pero hasta enero de 1953, cuando Rosalind ya había concluido que la molécula presentaba su forma de doble hélice, no habían logrado dar con la solución. Entonces, el 30 de enero, el jefe de Rosalind, Maurice Wilkins, mostró a Watson la famosa “fotografía 51” , sin permiso de ella. Al poco tiempo Watson y Crick reconstruían su modelo de ADN con los datos obtenidos de la fotografía y lo publicaron en la revista científica Nature, con apenas una breve mención al trabajo de su colega, diciendo que el trabajo “había sido estimulado por el conocimiento general de la contribución no publicada de Franklin y Gosling”. Para compensar de cierta manera a los descubridores originales, Nature publicó dos artículos suyos posteriores al de Watson y Crick, pero sólo aparecieron como apoyo al supuesto descubrimiento de los usurpadores.

No cabe duda que sabían que Watson y Crick sabían que estaban faltando a la verdad, o al menos que no la habían contado al completo. Tampoco es desconocida la actitud machista de Watson hacia Franklin, llegando incluso a afirmar que ella “no podría ni analizar sus propios datos”. El mismo Crick años después reconoció que los datos aportados por su colega fueron la clave para la construcción de su modelo. Pero ya era demasiado tarde. Rosalind Franklin murió en 1957 de un cáncer de ovario. En 1962, Watson, Crick y Wilkins recibían el Premio Nobel. Rosalind ni siquiera fue nominada.

Es las últimas décadas se ha recuperado la figura de Rosalind Franklin y su aportación al descubrimiento de la doble hélice reconocida, pero es una desgracia que dicho reconocimiento le haya llegado después de la muerte. Más desgraciada, en mi humilde opinión, es esa oscura política de la Academia Sueca de no otorgar el Premio Nobel a personas fallecidas, pues a algunos la muerte les sorprende a una corta edad, y no es culpa de ellas. Esperemos que algún día, los miembros del comité del Premio Nobel revoquen tan infantil política.

 

 

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