Robert Ballard, el hombre que encontró el Titanic.

El 1 de septiembre de 1985, las cámaras del vehículo submarino Argo captaron lo que parecían ser restos de un navío. Poco después, en las pantallas de ordenador seis mil metros por encima, en la superficie, el diseñador del ingenio sumergible distinguía lo que parecía ser una caldera y, unos minutos más tarde, el casco del más famoso de los navíos que jamás haya surcado los mares, aunque hubiese sido sólo durante cuatro días: el Titanic. Setenta y tres años después de su hundimiento, ojos humanos se posaban sobre su lastimada estructura, rota en dos partes y rodeada de casquería, un triunfo para los promotores del estudio de las profundidades oceánicas y en especial para el Dr. Robert Ballard, investigador de la Marina de los Estados Unidos, creador de Argo y director de la expedición. El éxito del Titanic significó para Ballard no sólo el reconocimiento internacional, sino la continuación y financiación de nuevos y mejores vehículos acuáticos no-tripulado que le permitirían convertirse en el más célebre de los arqueólogos submarinos.

Los restos del Titanic en las profundidades del Atlántico Norte.

 

Técnicamente el científico norteamericano no es arqueólogo, sino geólogo y químico. Los azares del destino y su afición por el mar adquirida en su natal San Diego, California, le consiguieron un empleo en la empresa North American Aviation en 1962, en su división de sistemas oceánicos, que por aquel entonces se ocupaba del diseño del submarino científico Alvin para la Woods Hole Oceanographic Institution. El proyecto fracasó, pero Ballard quedó prendado del misterio escondido bajo los mares y, después de graduarse en Geología y Química por la Universidad de California en Santa Bárbara, obtuvo una Maestría en Geofísica por la Universidad de Hawaii, donde trabajó en el entrenamiento de delfines y ballenas. Poco después, ya casado, volvió a North American, pero su empleo ahí duró poco, pues la marina lo reclutó y lo asignó como su oceanógrafo de enlace con la prestigiosa institución en Woods Hole. Ahí, el curioso y ambicioso científico, inició sus esfuerzos para convencer a colegas y jefes de la necesidad de construir robots tele-dirigidos que pudiesen explorar las profundidades, pero debido a que los presupuestos de la US NAVY de aquel entonces estaban más enfocados a la Guerra Fría que a la investigación, sus primeros esfuerzos cayeron en oídos sordos.

Sin embargo, convencido de la idoneidad de sus propuestas, continuó trabajando en los diseños de los que serían los prototipos de sus ideas, al mismo tiempo que obtenía un Doctorado en Geología Marina. Empezando en 1970, Ballard tuvo la oportunidad de trabajar en varios proyectos de investigación en los que se utilizaron diversas máquinas de sondeo, no muy diferentes de las que el proponía, y con Mini-submarino Alvinla experiencia pudo mejorar sus propios diseños, que para 1973 ya pensaba serían capaces de encontrar los pecios de importantes naufragios. Desde el principio, encontrar el Titanic ocupó su mente, pero la idea convenció a muy pocos, no sólo por su dificultad y alto coste, sino por la poca repercusión científica que tal hallazgo resultaría. Por fin, a principios de los años 80, Ballard recibió una oferta tentadora de la Marina: si se comprometía a buscar los restos de dos submarinos nucleares perdidos dos décadas atrás en extrañas circunstancias, le financiarían su búsqueda del Titanic. Debido a la naturaleza secreta de las dos primeras misiones, no sabemos mucho sobre ellas, excepto que se llevaron a cabo y que tuvieron éxito. En 1985 Ballard al fin tuvo su recompensa con el hallazgo del crucero hundido.

Ballard sabía que encontrar al Titanic sería un gran golpe mediático que le conseguiría la financiación para más y mejores vehículos, y no se equivocó. A partir de ese momento no le faltaron patrocinadores y pudo dedicarse tanto al desarrollo de nuevos vehículos submarinos así como a encontrar pecios célebres. En 1989, Ballard y su equipo encontraron los restos del acorazado alemán Bismarck, hundido durante la Segunda Guerra Mundial a una profundidad mayor que la del Titanic. Cuatro años después localizó los restos del Lusitania en Bismarcklas costas de Irlanda, expedición que permitió confirmar que una gran explosión había tenido lugar desde dentro del barco, muy probablemente debida a su carga secreta de munición. En Mayo de 1998 localizaron el naufragio del USS Yorktown, un portaaviones norteamericano hundido durante la Batalla de Midway. Pero el trabajo de Ballard no se ha circunscrito a la búsqueda de pecios famosos. Desde el año 2000, ha dirigido una serie de campañas en el Mar Negro, donde debido a la poca cantidad de oxígeno en sus aguas profundas, existen pocos organismos que puedan afectar a restos de barcos antiguos. Al menos cuatro pecios de la era Bizantina han sido encontrados, fotografiados, datados y catalogados, todo un tesoro para los arqueólogos. Y las misiones continúan.

Ballard también ha encontrado tiempo para rodar numerosos documentales sobre sus expediciones, trabajos que le han ganado cierta celebridad, un arma de doble filo pues, a pesar de que ha logrado atraer la atención de los medios y el dinero para la ciencia submarina, algunos le critican por comercializarla. Pero no toda su labor es de índole mediática. En los años 90 fundó el Instituto para la Exploración, especializado en arqueología y geología de aguas profundas y que desde el año 1999 está adscrito al Acuario Mystic, en la ciudad del mismo nombre en Connecticut. En 2003 fundó el Centro para la Exploración Oceánica y Oceanografía Arqueológica en la Escuela de Oceanografía de la Universidad de Rhode Island.

Escena de un documental con la participación de Ballard.

Escena de un documental con la participación de Ballard.

A pesar de las críticas por su gusto a la auto-promoción, Ballard se ha convertido en un icono del estudio de los mares y en especial de la arqueología submarina. Pocas personas han conseguido impulsar la oceanografía con tanto éxito, y menos aún han logrado llamar la atención y los recursos para el estudio y la divulgación. Robert Ballard es más que un caza-tesoros, es el ejemplo más fehaciente de que la ciencia bien pude aprovechar los medios para alcanzar sus objetivos.

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